Entrevista Revista Cómo estar bien: "La culpa mata"
Periodista: Carolina Genovese
Diciembre 2008, pp 42; 43 y 44
- ¿Por qué se genera el sentimiento de culpa?
Pensada la culpa como figura de cuatro caras podríamos decir que se
genera porque:
- es funcional al instinto gregario de especie: sentirla permite empáticamente
darnos cuenta que estamos lastimando al otro y es por esto que podemos parar
de hacerlo y así proseguir luego la secuencia de arrepentirnos por lo
hecho, pedir perdón, reparar el vínculo y aprender de la equivocación.
Todos los seres humanos de todas las culturas sentimos culpa –a excepción
de los psicópatas- al darnos cuenta que dañamos a un otro. En
función de esto es sana, constructiva, útil y necesaria.
- hay culpa que se alimenta de lo cultural-familiar-individual. Cualquiera
de estas vertientes hace empleo de la culpa como mecanismo que convoca a lo
más regresivo, opresor y sometedor. En función de esto acorrala
al individuo, lo quebranta y lo deja inactivo. Una vez internalizados imperativos
culturales y/o familiares, la culpa funciona anticipatoriamente, es antesala
del castigo -fantaseado o real- proveniente del medio, la familia, o el propio
individuo, en caso de desobediencia... El peso de esta culpa se contrapesa con
la “pseudosatisfacción” de sentirse aceptado, aprobado, por
ese o eso otro castigador. Esta es culpa infértil, inútil, parásita,
sufriente, inmovilizante. Está en función de mantenerse como autómata
al servicio de los designios de los otros.
- Está también la culpa de los “beneficios secundarios”
que se obtienen por no asumir el deseo propio, por los costos que implica dejar
demandas insatisfechas. Esta culpa es mochila de postergación, junto
al pasaporte de la queja. Lo único que conlleva es malestar, padecimiento
e insatisfacción.
- Y hay culpa que se genera cuando estamos frente a una persona manipuladora
que de manera sutil nos quiere dominar o someter. Este tipo de personas, cuando
sostenemos conductas que nos hacen bien -pero que van en su contra- inoculan
culpa para que hagamos lo que ellos quieren. En este caso reconocerse sintiendo
culpa es de gran utilidad, para poder identificar quién la está
causando, a quién está beneficiando, y qué estamos haciendo
con nuestra necesidad o nuestro deseo. Esta culpa aparece tal como se desarrolla
el juego de acción-reacción de las bolas del billar: simplemente
tenemos que identificar al que la está desencadenando.
- ¿Hay generaciones educadas desde la culpa a las que les cuesta
más deshacerse de ese sentimiento?
Si. Hay sistemas culturales que pueden oficiar de vendajes a la visión,
otros de visión con anteojeras. En las primeras, el sujeto no llega a
la etapa de plantearse alternativas u opciones de conducta, no las puede ver,
ya que ni siquiera dan lugar al deseo: la variabilidad de conductas aceptadas
en estos sistemas culturales transitan rangos muy estrechos, no hay prácticamente
diversidad conductual.
En otras culturas, como la nuestra –más aún en generaciones
pasadas- la impronta de lo socio-cultural fue más sutil que en aquellas,
pero igualmente intensa en cuanto a la presión ejercida sobre el individuo
para que funcione de acuerdo a mandatos. A las personas que han vivido toda
su vida haciendo “lo que se debe hacer” les resulta mucho más
costoso y trabajoso aprender a vivir sin culpa, ya que tienen que aprender a
ver las cosas sin la terrible anteojera de los valores pregnantes de la cultura
judeo-cristiana, raíz influyente y condicionante de este tipo de padecer,
de miles de años de hegemonía de esta cosmovisión que pondera
el regocijo infértil en la culpa, en la culpa, en la gran culpa…
- ¿Qué pasa cuando son los demás los que generan
culpa en uno?
Sucede que tenemos una gran herramienta para darnos cuenta a quién tenemos
enfrente, si es alguien manipulador, dañino y destructivo, aunque hayamos
racionalizado respecto de esta persona todo lo contrario. En este caso podemos
utilizar a esta culpa de modo constructivo: como herramienta de conocimiento
de los otros. Empleada así permite reconocer que ante algunas personas
siempre se termina sintiendo culpa. De esta manera la transformamos en fuente
de información incontrastable respecto de quién y cómo
es ese otro: un manipulador, un dominador, un sometedor.
- ¿Cómo desembarazarnos de ella?
Primero que nada debemos registrar qué tipo de culpa se está
sintiendo. En función de qué está. Qué la desencadena,
qué la está motivando, por qué se está instalando.
Si se daña a alguien: detener la conducta, aprender de ello, reparar.
Si se repiten mandatos familiares o sociales: evaluar. Si otorga un cómodo
beneficio secreto: optar. Si enseña sobre características de alguien:
accionar…
Liberarse de la culpa destructiva requiere no quedarse a dormir en ella. Implica
transitar el camino de vivir “haciéndose cargo”. Aceptar
que todo no se puede. Abstenerse de la necesidad permanente de sentirse aceptado
y aprobado.
Nos desembarazamos de ella asumiendo los costos que implica plantarse. Sosteniendo
el deseo que se tiene en cada elección. Afrontando situaciones. Asumiendo
la responsabilidad de tener que decir que no. Aprendiendo que la culpa autodestructiva
es el pasaje sin escalas a la posición de “víctima”,
cuyo único destino es el del regocijo infructuoso de pasar facturas retroactivas
a los otros.
O se satisfacen deseos y necesidades propias, o se elige vivir en función
del deseo ajeno. Sostener el deseo propio no es gratuito, pero no satisfacerlo
implica sufrir, sucumbir, traicionarse a uno mismo en pos de regodearse en la
aceptación, la no diferenciación, la no confrontación,
la postergación...
Lic. Fabiana Porracin
Psicóloga (UBA) - Antropóloga (UBA)
Ce.: 155.527.0606
Web: http://www.fabianaporracin.com.ar
Mail: info@fabianaporracin.com.ar
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